lunes, 8 de junio de 2015

Mitos Mapuche

                                                                                    "Caleuche"
                      
                Con el nombre “La Nave de los Locos”, el cine difundió una película que abordaba este tema que, hasta la fecha, no había sido tratado por ningún cineasta, logrando sintetizar en esta producción argentina el contenido del mito Mapuche.
“Caleuche” es el nombre que los indígenas de origen Mapuche, (recuérdese que los mapuche son del sur chileno y argentino, donde se asentaron, invadieron para quedarse, a mediados del siglo XVIII ), otorgan dentro de su mitología, a una barca grande con velamen; También se lo llama "Baroiche" = barca de los brujos; muchos utilizan la denominación Buque o nave, palabras inexistentes en lengua Mapudungun.
               Es una barca tripulada por brujos, adivinos, Machis, muertos o transformados, que es tripulada por los marinos muertos en sus travesías; viaja de noche y eventualmente cuando ocurre un hecho extraordinario puede hacerlo de día; utiliza velas rojas y puede desplazarse tanto en el mar como en tierra o bajo el agua; puede hacerse invisible y sólo ser vista por quien se halla próximo a ser transportado por ella.
      También la abordan los disminuidos mentales o discapacitados por cualquier razón; sus tripulantes, viajan estupendamente ataviados y ornamentados para recibir a quienes se hacen acreedores a su viaje desde lo terrenal al mundo fantástico de los espíritus.
           En las recopilaciones realizados por mí en la localidad de Temuco y puerto Saavedra, República de Chile, en la novena región, pude rescatar versiones contradictorias con las aseguradas por algunos autores: mientras estos manifiestan que Caleuche sólo puede navegar cerca de la costa y no llega a puerto alguno salvo cuando debe recoger a quien será un nuevo tripulante, entre las informaciones que pudo rescatar, consta que los aborígenes aseguran que "el Caleuche viene siempre a puertos y costas donde se detiene para esperar y abordar a los nuevos tripulantes". Estos lugares son Puerto Saavedra, Quicaví y Trentrén; otros cambian Quicaví por Llicaldad.
                Es común conversar con quienes manifiestan con total seguridad, haber visto el Caleuche en la noche totalmente iluminado, desplazándose lentamente con las velas henchidas.
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Los Mapuche, Gente de la Tierra, viven actualmente en la novena región en Chile y en la República Argentina, (Tierras que invadieron hacia mediados del Siglo XVIII, proceso histórico designado erróneamente como “Araucanización” )  en Patagonia y provincia de Buenos Aires.
Algunas parcialidades o familias al mando de un Lonko = Jefe, que los europeos a su llegada llamaron caciquejos por derivar de la designación de Cacique que daban a los jefes mayores siendo esto un error ya que ellos trajeron del Caribe, Centro América, la forma caribeña de llamara los jefes.
En esas latitudes los Caciques fueron dueños de la tierra y de todo ser viviente sobre ella, tenían el sentido de “propiedad” mientras que en estas regiones y en todo el mundo andino existía el principio de “pertenencia” a la tierra o Pacha, a la Pachamama = Tierra madre.  Los mapuche se dividían en familias o parcialidades, algunas fueron conocidas por Ranqueles, Vorógas o Borógas, Pehuenche, Picunche, Hulliche.
Por distorsión colonialista se les impuso también el nombre erróneo de Araucanos que ellos no aceptan por lo que no nos cansaremos de repetir que hacerlo es un error y un abuso.
Fue el escritor español Alfonso de Ercilla quien con su poema épico “La Araucana” difundió en el Reino de España este error que el tomó, de sus observaciones en su breve estadía en Chile y así lo manifiesta en el breve glosario de su obra, “...llámanse los indios dél, araucanos, tomando el nombre de la provincia.”  Este error se ha seguido practicando aún por profesionales de la historia y antropología.
Asimismo quiero recordar que, en la grafía castellana el nombre del pueblo Mapuche no se pluraliza, se lo hace con el artículo: Los Mapuche, Las Mapuche.
Contrariamente a lo asegurado por infinidad de historiadores que proclaman la inexistencia de la designación oficial, o en documentos de ese tenor, del pueblo trasandino como “Mapuche” circunstancia que obligó a representantes de dicho pueblo a pronunciarse al respecto en el Congreso realizado en San Martín de los Andes, Argentina, en el año 1961 en el cual se concluyó que a partir de ese momento sería su designación oficial.Es probable que la designación oficial no exista o no se haya encontrado todavía ningún documento que lo atestigüe,  pero en cambio ya se los conocía y nombraba con ese nombre propio en los ámbitos populares como lo atestigua Santiago Avendaño ( en sus memorias.
Memorias de las que se valiera Estanislao S. Zeballos para publicar la famosa trilogía “ Calfucurá - Painé – Relmu” ocultando su procedencia, que disfrazó convenientemente amañada.
Hoy la editorial “Elefante Blanco” reeditó y publica ambos trabajos, tanto la recopilación de las memorias de Avendaño,  realizada por el Rdo. Padre Meirado Hux, de quién se está revalorizando su aporte a la “Otra historia”.
En sus memorias Avendaño relata su vida junto a los indígenas, en el seno de una familia cuyo Lonko o jefe, quién lo protege y lo educa entre los suyos, él lo llama “Canui”.
Supongo, salvando las distancias lingüísticas y dialectales que el autor utiliza, se trata de la familia ranquelina Canhué.
Conocí y fui amigo de un descendiente de dicha familia, Germán Canhué.
Héctor Pablo Ossola escribió “El Bramido del Puma”, hermosa versión novelada de la historia del pueblo Mamülche = Rankulche (Ranquel) en la que nuestro amigo colaboró como asesor e informante. (Pueden solicitar ejemplares a su autor aquí, por facebook.)
En estas memorias vividas entre los indígenas y entre las fuerzas del refugiado Coronel Baigorria, quien lo alecciona y protege en sus toldos, Avendaño hace una minuciosa reseña de usos y costumbres de sus captores desarticulando las feroces habladurías que se hacían maliciosamente sobre los indios.
Desmitificando las atrocidades que, fuera de las acciones propias de una guerra, realizaban, uno y otro bando, que se le habían endilgado, maliciosamente.
Es durante este relato que se desarrolló entre 1834, año del comienzo de su cautiverio, hasta 1854 Avendaño reseña su vida entre ellos y nombra genéricamente a sus captores como “Mapuche”.
Así que podemos asegurar con meridiana exactitud que ya se los identificaba por entonces con el nombre propio de “Gente de la Tierra” que es lo que significa en su lengua “Mapudungum” Mapuche, Mapu =Tierra, Che = Gente.
Quizás, como suele suceder, en estos casos, esta identificación, que se conocía popularmente, no había llegado al uso de los niveles de la clase intelectual de entonces, quienes tendrían, casi con seguridad, la responsabilidad sobre la redacción de los documentos oficiales y textos de entonces, generalmente reservados a una elite dominante.
Los herederos actuales del legado ancestral del pueblo trasandino como el resto de la sociedad, de ambas márgenes de los Andes, desconocía por entonces, a pesar de las memorias de Avendaño, olvidadas en los fragores de nuestra historia, la existencia de esta confirmación.
Si alguien se percató de ello, pasó desapercibido para aquellos que no estuvieran en el tema de enlazar este texto con el tema mapuche.
La actual reedición de las memorias de Santiago Avendaño por la editorial Elefante blanco, puso al alcance de los investigadores y revisionistas de nuestra historia un material invaluable con el que cotejar de “Primera mano” esos momentos históricos vividos por él.
Ahora puestos a desentrañar la controversia sobre este tema que ha preocupado y ocupado a los actuales descendientes del legado de la Nación Mapuche; herederos a los que se les ha impuesto un patrón cultural que no les es propio.
Así en la lejanía que impone el tiempo, que todo lo desdibuja, ellos tratan de hallar su genuina identidad; Lejos de la época de los tratados y convenios mentirosos, el compromiso de facciones políticas enfrentadas, como ocurrió en el pasado,  que los ataban a enfrentamientos ajenos, a su propio camino; camino que en estos tiempos nuevos,  intentaban  vanamente, dilucidar.
 Esta preocupación los llevó a convocar en  1961 un congreso de los representantes de las parcialidades que en la actualidad se hallaban dispersas por el territorio de Chile y Argentina; reuniéndose en la localidad Argentina de San Martín de los Andes y convienen en utilizar esa denominación, sin conocer que en el siglo pasado existían registros que avalaban el uso de este nombre para ellos.
 Ahora sabemos que Santiago Avendaño los llama “mapuche” genéricamente se halla hablando de sus captores y el lonko que lo protegió, que según sus datos es Rankulche =Rankel

Lo importante es que él diferenciaba  al grupo al que pertenecían.
Avendaño fue un hombre instruido en un tiempo oscuro y revuelto de la vida nacional, donde pocos gozaban de ese privilegio, aprendió la lengua mapuche y supo utilizarla a tal punto que se convirtió en “Lenguaraz” termino que definía al escriba, traductor, escribano entre los indígenas.
Conocimientos que le serían útiles en su reinserción en sociedad; a su regreso desempeñó para el Gobierno Nacional importantes servicios en la relación que los gobiernos de entonces mantenían con las naciones indígenas.
Encontrar en sus memorias una referencia concreta a los “mapuche” como sus captores haciendo la salvedad que un jefe de otra parcialidad, de peso entre ellos, lo protegió y mantuvo, durante esos años bajo su tutela, como si se tratara de su hijo, al punto de llegar a reconocerlo como “padre”, es de suma importancia documental dado el peso de quién la certifica.
En los años de referencia de las memorias (1834/54) todavía el gentilicio “Mapuche” no se había generalizado en su uso en el habla rioplatense como sí ocurría más de un siglo después.

Fue quizás esa generalización tan arraigada y reiterada en el habla rioplatense y en la literatura de la segunda mitad del siglo XX lo que llevo a los integrantes de la nación “mapuche” a buscar una confirmación en los documentos oficiales, o referencia más antiguas de cronistas, viajeros, aventureros, que por cierto no se encontró y los llevó a realizar el congreso de San Martín de los Andes, al que me refiero, más arriba.

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